DONOSTIA
Resuenan los tambores por la parte vieja. Ecos que repiten estruendos del pasado, de la infancia, de los ancestros, de los miles de uniformes que han desfilado por esa ciudad fronteriza en disputas históricas que se van haciendo más difusas generación tras generación. El visitante observa con una mezcla de admiración e impotencia porque esa es una fiesta doméstica y ancestral. La participación espontánea es difícil cuando se trata de un enorme espectáculo ensayado desde meses atrás y con unas liturgias que pasan de generación en generación (y que aprenden en casa y en la escuela).
Hoy es su día y yo quiero asomar humildemente el hocico para saludar con sincero afecto a una ciudad en la que he vivido muchas y muy variadas experiencias: La agridulce mili en en cuartel de Loyola, con mistela y grandes colegas soñando ante la bahia en los atardeceres del helipuerto. Los conciertazos inolvidables: Ramones, Santana, AC/DC y otros más domésticos en el Etxekalte o en la Trini. Los bares del centro: El Bowie, El Rainbow, El Tranctor, donde sonaba a gloria la música más in del momento mientras lanzábamos furtivas miradas a chicas imposibles. Los otros garitos, los de "lo viejo" : el Arraun, La Iguana, La Maruja, el Erniope y el de mis amigos los Garmendia del Mesón San Telmo, sin olvidar los de la Zurriola y las salchichas del Txofre en Gros.
Me costó querer a esa ciudad con fama de hermética pero ahora forma parte de mí y la añoro cuando paso demasiado tiempo sin acercarme. Donosti exultante en esos veranos de jazz, Igeldo y música en la calle, terriblemente melancólica en esos días de cielo plomizo y oleajes salvajes que parecen comerse la ciudad. Bihotzez, donostiarrak: zorionak eta ondo pasa. Zuen jaia da eta.
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