LAS URNAS TENEMOS MEMORIA



Las urnas tenemos  memoria. Somos jodidas y nos empeñamos  en recordar. En Chile en Argentina y mucho antes en España, los militares, con sus hilitos manejados por otros más poderosos nos aplastaron de mala manera. Que venía el comunismo decían. “Esto es una guerra, fría pero guerra, tonterías las justas”.  Nos hicieron añicos y  por el camino mataron y “desaparecieron” a cualquier posible amigo de nuestra especie.
En aquel tiempo el mundo se dividía en dos imperios y a ninguno le gustábamos en sus dominios.
Pero nunca perdimos la memoria. Al revés. En cuanto pudieron nos desenterraron y volvimos  a lucir espléndidas en los colegios electorales. Con nosotras se vive mejor, está claro.
Claro que no todas las urnas somos iguales. A veces nos usan para referéndums absurdos en los que todos saben que gana el que los convoca y que hay que votar por lo que pueda pasar. Son urnas secuestradas, ajenas a nuestro verdadero ser.
Otras veces se ciscan en nuestros resultados como hizo Hitler, que ganó las elecciones por medio de nosotras pero no tardó en mandarnos a la mierda. En realidad tampoco le gustábamos.
Hay quien dice que lo mismo iba a pasar en Argelia, en Egipto o en Ucrania, que en esos lugares el pueblo se ha levantado contra lo que expresó con sus votos porque los dirigentes estaban traicionando nuestro espíritu. Es posible. Pero un levantamiento popular, por emotivo que sea, nunca es tan elocuente como nosotras y nuestra memoria, insisto, no se borra con litros de sangre.
Ya , ya se, pensáis que me puede la soberbia, pero no es así. Sé muy bien que no soy perfecta. Pero, simplemente, soy la menos imperfecta.
Ahora mismo me preparo para un referéndum en Escocia donde parece que  me van a tratar con sumo respeto. En Catalunya, en cambio, no se sabe muy bien si mi destino es funcionar como es debido, funcionar de forma trasversal o directamente recibir otra sonora patada, como si eso sirviera de algo.
Tenemos memoria y paciencia y la costumbre de reaparecer una y otra vez, tenaces, diligentes, inevitables. Y si no que se lo pregunten a los chilenos, que nos usaron también para derrocar al dictador. (Que gran día)
Las urnas tenemos  memoria. Cuando aprenderéis.    
     

CLARA SANCHIS: LAS NIÑAS

CLARA SANCHIS
Frente a un helado cremoso, conversaba con un hombre de estos tiempos. Un hombre moderno, de nacionalidad italiana, que se mueve en las vanguardias artísticas casi futuristas del norte de Europa. Conocedor de las corrientes que concilian el uso de la tecnología con el saber, desde una visión humanística; amante de la ciencia y la filosofía, defensor vehemente de los valores de igualdad. Y padre de un niño y una niña. Rozábamos un futuro luminoso con la punta de la lengua. Hasta que empezó a hablar de su familia, en concreto de los últimos años de vida de su padre. Me reconforta que se fue con la felicidad de saber que tenía un nieto, dijo. Dos, corregí tontamente, como si la nieta se le pudiera haber olvidado por una distracción baladí. Sí, bueno, pero el niño asegura la continuidad de la familia, dijo él. ¿Y la niña no?, sugerí yo, sin entender de qué me estaba hablando, aunque mi cucharita empezara a escarbar inquieta en el helado, con cierta tensión antropológica. Bueno, ya sabes, me refiero a la importancia de la continuidad del apellido, me aclaró, encogiéndose de hombros y mirándome con una complicidad escalofriante, como si la humanidad entera, empezando por mí, compartiese esa visión incontestable. Me refugié removiendo los restos de un helado tan fundido como yo.
Horas después, la frase, con mayúsculas –La Importancia de la Continuidad del Apellido–, seguía zumbando en mis oídos. Nunca la había escuchado en vivo y en directo. Tal vez en alguna película de herencias en blanco y negro. Pero el hombre más moderno que conozco me la acababa de espetar en plena cara, llena de vigencia. El interior de su cráneo se me presentó como un misterio insondable. ¿Puede haber más hombres a mi alrededor, pensando ese tipo de cosas sobre sus hijas y sus nietas? Pensé en esa niña que no lograba provocar la verdadera felicidad de su abuelo, por más que le canturreara al oído, sentada en sus rodillas, con un lazo muy rosa en la cabeza, ajena a los efectos menguantes de su vagina, en un país en el que todavía impera el apellido paterno. Las niñas del mundo se agitaron en mi cabeza bailando el corro de la patata.

Aquí, al menos, con nuestras leyes, el padre que sienta una necesidad insoportable de preservar su apellido, podrá convencer a sus hijas para que peleen por colocárselo a sus futuros nietos. Digamos que las hijas cobran cierto interés, al poder batallar como un hombre por conservar los apellidos de su padre. Porque dudo que las madres sientan la llamada de la Importancia de la Continuidad de sus Apellidos, cuando llevan perdiéndolos por el camino toda la vida de Dios. No parece que esta temática despierte mucho interés entre nosotras. Aunque quizás deberíamos usar las leyes para dar un golpe de timón, y mover los apellidos de sitio. Por sacudir las alfombras.

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