Así lo veía yo. Relamiéndose del abundante público que ansiaba beber de sus exquisitos y previsibles néctares, sabedor de que no puede ser mucho más el tiempo que le quede para disfrutar de momentos así. Una playa calmada en una ciudad hermosa, un escenario bien equipado que permitía disfrutar del último gesto del rey desde cualquier rincón. Un sonido de lujo, que se mezclaba con los oleajes. Un conciertazo gratis. Me quito la txapela virtual.A BB King se le veía con ganas de conectar, de agradecer tanto cariño de tanta gente. Se disculpó varias veces por no poder hablar nuestro idioma y nos repitió hasta la saciedad que estaba en la gloria. Aunque se le notan los años y se ve obligado a tocar sentado, la verdad es que en ningún momento dio la sensación de ser un bolo devaluado. Era blues del bueno el que allí sonaba y su Lucille, huyendo de virtuosismos emitía las notas precisas para dar el ambiente necesario a esos temas que hablan de trenes que se escapan y soledades urbanas.
A mí me pareció estar en una ceremonia de homenaje a uno de los creadores de la música que tantos y tantos hemos disfrutado después. Padre espiritual, junto a otros de su quinta, de los Elvis, Hendrix, Rollings, Burdon, Jam y todos los que quieras poner en la lista. Un ritual además, ante un hombre que lo podía disfrutar y que terminó su show haciéndonos cantar un espiritual: "When The Saints Go Marching in" que me hizo sentir más aun la sensación ceremonial de la que hablo. "No sabeis de lo que soy capaz", dijo con gesto picarón antes de irse. Genio y figura King.

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