LOS SALONES RECREATIVOS

Hay quien se está dedicando a realizar “bancos de sonidos” para que no se pierdan los viejos ambientes. Se trata de poder escuchar de nuevo la música de los afiladores y sus particulares silbatos o el ambiente de la subasta de pescado. Muchos sonidos cotidianos llega un día en el que desaparecen y no siempre es posible recuperarlos. Espectáculos callejeros como el de los Charlatanes o los Titiriteros, pueden ser recreados gracias a la literatura pero son muchos los matices a contemplar para hacer posible una recreación fiable y reconocible por quienes los vivieron.

Uno de los ambientes difíciles de recuperar, es el de las “salas de futbolines” o “salones recreativos”. Aunque quedan contados locales que podrían denominarse así, estos ya no sirven para registrar lo que fueran los ruidosos y cargados billares de barrio entre las décadas de los sesenta a los ochenta.

Una reconstrucción fiel requeriría juntar unos cuantos ping-pongs , un par de mesas de billar, cuatro o cinco máquinas de petacos y varios futbolines de los dos formatos conocidos: con una pata o dos pies.

Importante también conseguir a uno de esos varones de edad indefinida que solían regentarlos. Hombres suficientemente duros para que no les tomaran el pelo los macarrillas y lo bastante amables como para no recordar a los agrios profesores de la época. Hombres capaces de pasar largas horas de brazos cruzados, artistas del cambio exacto tras una comanda de 25 clases diferentes de chuches. Hombres expertos en abrir futbolines y billares con la colilla encendida en la comisura de los labios al rescate de la bola escurridiza. Señores dignos y poco habladores a los que una vez podrías engañar , rara vez, dos veces y desde luego, un tercer intento te haría proscrito en el lugar.Y es que aquello era territorio varón. Nadie imaginaba por ahí ninguna hembra que no fueran las neumáticas e insinuantes figuras dibujadas en las máquinas de petacos. Eran espacios extraescolares por libre donde aprender artimañas para estirar los cuatro duros de paga. El cuaderno que se desliza para evitar que la bola se cuele por la portería, el alambre que se cuela por las tripas del “pinball” y te da varias partidas gratis, el imán que retarda el reloj del billar… un mundo de picardías que no estaba al alcance de cualquiera, que trazaban la raya sutil entre el listo y el panoli en un paisaje de poses autosuficientes y ensayos de estilo.



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