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| CLARA SANCHIS |
Horas después, la frase, con mayúsculas –La Importancia de la Continuidad del Apellido–, seguía zumbando en mis oídos. Nunca la había escuchado en vivo y en directo. Tal vez en alguna película de herencias en blanco y negro. Pero el hombre más moderno que conozco me la acababa de espetar en plena cara, llena de vigencia. El interior de su cráneo se me presentó como un misterio insondable. ¿Puede haber más hombres a mi alrededor, pensando ese tipo de cosas sobre sus hijas y sus nietas? Pensé en esa niña que no lograba provocar la verdadera felicidad de su abuelo, por más que le canturreara al oído, sentada en sus rodillas, con un lazo muy rosa en la cabeza, ajena a los efectos menguantes de su vagina, en un país en el que todavía impera el apellido paterno. Las niñas del mundo se agitaron en mi cabeza bailando el corro de la patata.
Aquí, al menos, con nuestras leyes, el padre que sienta una necesidad insoportable de preservar su apellido, podrá convencer a sus hijas para que peleen por colocárselo a sus futuros nietos. Digamos que las hijas cobran cierto interés, al poder batallar como un hombre por conservar los apellidos de su padre. Porque dudo que las madres sientan la llamada de la Importancia de la Continuidad de sus Apellidos, cuando llevan perdiéndolos por el camino toda la vida de Dios. No parece que esta temática despierte mucho interés entre nosotras. Aunque quizás deberíamos usar las leyes para dar un golpe de timón, y mover los apellidos de sitio. Por sacudir las alfombras.


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