Caminando doliente por el húmedo pavimento, cavilaba sombrío sobre el escaso tiempo que seguiría viendo esas baldosas. Era insoportable imaginar un Bilbao sin él. Ahí seguirían la ría y el Casco Viejo y los puentes, todos esos rincones que podían contar su vida, ajenos a su ausencia. Eso ya no es Bilbao, sentenció despechado. De forma inconsciente, casi mecánica, el viejo escupió sobre una baldosa de Bilbao. Un fino y persistente sirimiri fue borrando su rastro.BILBAO
Caminando doliente por el húmedo pavimento, cavilaba sombrío sobre el escaso tiempo que seguiría viendo esas baldosas. Era insoportable imaginar un Bilbao sin él. Ahí seguirían la ría y el Casco Viejo y los puentes, todos esos rincones que podían contar su vida, ajenos a su ausencia. Eso ya no es Bilbao, sentenció despechado. De forma inconsciente, casi mecánica, el viejo escupió sobre una baldosa de Bilbao. Un fino y persistente sirimiri fue borrando su rastro.
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